Los paraguayos costureros de São Paulo
Lejos de casa, sin derechos —pero con trabajo. El sueño paraguayo se cose en Brasil.

Al terminar sus estudios secundarios, viajó a São Paulo, centro financiero e industrial de Brasil que alberga cerca de 22 millones de personas, para trabajar en un taller de costura con el sueño de volver a Paraguay y estudiar ingeniería agronómica. Pero no imaginó que tendría que trabajar 14 horas diarias y se quedaría 17 años allá.
Evaristo Romero Troche es un hombre alto y de sonrisa fácil. Tiene el cabello corto y enrulado, con vastas entradas que delatan sus 42 años. Está sentado tomando tereré en una “silla cable” azul y viste una remera del Club Flamengo de Brasil. Entre las dos cejas, tiene una cicatriz en forma de X. Dice que, intentando bajar un machete que estaba en la viga del techo de paja de la casa original de su familia, se le cayó en la frente; tenía 5 años y solo quería tomar “takuare´e” —caña dulce—.
Evaristo lo cuenta en una amalgama de jopará —mezcla de guaraní y castellano hablada en Paraguay— sumado al portugués paulista, que pone en evidencia sus años en Brasil. En el barrio Costa Rosada, en las afueras de Caaguazú, una ciudad con 98 mil habitantes en el interior de Paraguay, Evaristo vive con su esposa, su hija y su mamá.
Recuerda que, los primeros cuatro años en Brasil, trabajó en los talleres de costura de peruanos, bolivianos y paraguayos. Nunca para los brasileños. Con el tiempo, compró algunas máquinas y abrió para su local. Había progresado y detrás de él se mudaron su pareja e hija, dos hermanos y una tía.
De esos inicios trabajando para otros, Evaristo conoció del negocio y vivió en carne propia las condiciones de trabajo en las oficinas de costura —como se dice en portugués—. Los empresarios alquilan casas donde los extranjeros viven y trabajan. Las habitaciones se dividen con terciadas o telas para que funcionen como piecitas colectivas. “En un lugar donde trabajaba, había un casal —una pareja— que tenía un beliche —litera—. Usaban la parte de arriba para colgar un cobertor o una sábana para cubrirse y encerrarse en la cama de abajo”, dice Evaristo.
Las jornadas laborales son extensas, de 7 de la mañana a 9 de la noche. Incluyen desayuno, almuerzo y merienda. “Solo mediodía del sábado y domingo lo que gastás”, explicó. Era “todo libre”.
Sin embargo, estas supuestas facilidades ocultan el nulo cumplimiento de derechos laborales. Los talleres textiles operan de forma ilegal, no exigen documentación y pagan en efectivo. Dependiendo del acuerdo de palabra, un trabajador puede cobrar por día, mes o producción. Evaristo, que es muy hábil, trabajaba por producción porque así ganaba más dinero. Junto a tres compañeros, llegó a sacar 1.000 reales en un día. De lo que ganaba, cada semana enviaba una parte a su mamá en Paraguay para que construyera su casa de material.
A pesar de las ventajas económicas alcanzadas por las altas cargas horarias de trabajo, las oficinas también ocultan otras irregularidades. De acuerdo con una investigación de Reporter Brasil de 2024, 192 paraguayos fueron rescatados de trabajos análogos a la esclavitud en Brasil entre 2010 y 2023. El 12 % de ellos trabajan en oficinas de costura, 33 % en fábricas ilegales de cigarrillos y 51 % en el sector agroganadero.
El reporte también reveló que fiscalizaciones estatales encontraron a madres amamantando a sus hijos mientras trabajaban en las máquinas de coser; sin ninguna posibilidad de tener permiso por maternidad. Además, por cumplir con tareas de cocina y limpieza, las mujeres sufrían descuentos en sus salarios por no alcanzar la productividad requerida por los patrones.
Evaristo vio todo esto y más: Niños paraguayos de 10 y 12 años que dejan sus estudios y viajan con sus familias para trabajar cosiendo ropa en las oficinas.

Viajar a Brasil para trabajar en un taller de costura es muy sencillo. En Facebook, si se busca “costurero paraguay são paulo”, saltan cientos de publicaciones que prometen trabajos en la industria textil en el eje financiero de Brasil. Durante la recolección de datos para este artículo, escribimos a uno de los números de WhatsApp que figura en un anuncio y logramos contactar con la dueña de una oficina. Nos prometió trabajo seguro; sin embargo, aconsejó que viajemos entre varios para alquilar una casa. En este caso, el esquema es diferente, la empresa no pone residencia ni alimentación. Tampoco seguridad social ni contratos formales.
Pero no todo es explotación y sufrimiento. En medio de la ciudad más grande de Sudamérica, los paraguayos se reúnen en comunidad los fines de semana para hacer asado y jugar al fútbol. Esa unidad se vio reflejada en 2014, año en el que Paraguay no clasificó a la Copa del Mundo de Fútbol que se jugaría en Brasil. Evaristo y sus compañeros de oficina vistieron la casaca albirroja y conformaron la selección paraguaya que compitió en la Copa de los Refugiados, un torneo paralelo que congregó a selecciones de varios países, como Siria, Haití y Congo.


A diciembre de 2025, datos oficiales registran 56.648 paraguayos residentes en Brasil, de acuerdo con datos del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública reportados por el periodista Pedro Prata de Estadão Verifica. De alguna manera, en la Copa de los Refugiados, los costureros representaron a todos esos paraguayos que viven en la tierra de Pelé.
Evaristo trabajó mucho. Quizás demasiado. Pero su objetivo era claro: progresar para dar un mejor futuro para su familia. “Che ndaipotái la che ahasa´akue ha´e ohasá” —no quiero que ella pase por lo que yo pasé—, dijo en guaraní refiriéndose a su hija que está estudiando enfermería en una universidad privada de Caaguazú. Lo dijo sin arrepentimiento; está agradecido por todo lo vivido en Brasil. Ahora anhela que en Paraguay existan más oportunidades de trabajo y salarios dignos para las familias.
Bajo la sombra de un árbol frente a la casa de su mamá, Evaristo recuerda que antes jugaba todas las tardes en la canchita de su barrio. “No hay más gente para jugar piki por acá ahora. Solo al final de año hay bastante, más ahora ya no. Todo el mundo se fue a trabajar a Brasil, Argentina, España, Chile y Uruguay”.
Al otro lado de la calle de tierra que pasa frente a la casa de su mamá, la casita de madera del vecino de enfrente está trancada con candado. Ellos también migraron para trabajar.

Este perfil forma parte de ¿Bienvenidos al paraíso?, una crónica de migración a y desde Paraguay realizada por The Paraguay Post:



