¿Bienvenidos al paraíso? Los extranjeros que eligen Paraguay como nuevo hogar
Cifras récord de inmigrantes buscan refugio e impuestos bajos en el país sudamericano. Pero, ¿por qué un millón de paraguayos ya se fueron?

Cuando Jess Simpson y Aric Genaw empezaron a buscar dónde rehacer su vida lejos del noroeste de los Estados Unidos, el corazón de Sudamérica no figuraba entre sus planes. La pareja, él de 50 años y ella rondando esa edad, tenía prácticamente decidido el traslado a Costa Rica hasta que los precios y la burocracia los disuadieron. Luego evaluaron Portugal, pero el invierno europeo tampoco les convenció.
“Hice una lista de todos los países”, cuenta Simpson, exoficial de la Marina estadounidense. “Fui descartando los que eran fríos, los que eran peligrosos, los que no hablaban español”.
Un lugar se destacó por encima de los demás: un programa de residencia que ella describe como “súper barato y fácil” y un clima subtropical que le recordó a su Luisiana natal. “Este lugar parece tan chill“, recuerda haber pensado. “Listo, nos mudamos a Paraguay.”
A fines de 2024, aterrizaron en Piribebuy —un pequeño pueblo del departamento de Cordillera, a unos 65 kilómetros al este de Asunción— con su Golden Doodle y dos perros Australian Shepherd. Con la ayuda de un amigo local, negociaron a buen precio un terreno en una suave pendiente, sombreado por mangos y aguacates, y comenzaron a construir su casa.
Genaw, mecánico de profesión, se define como introvertido. Simpson, en cambio, que trabaja como coach de negocios y contadora de forma remota, se volcó de lleno a la vida del lugar: corre por los cerros, da clases de inglés por las tardes y prepara mbejú con sus vecinas. “Engordé muchísimo”, ríe y menciona otro plato que le ha conquistado el corazón. “La chipa guazú: me la comería todo el día”.
Simpson también escribe con cariño en Substack sobre su nueva vida en común: las tormentas subtropicales que retumban durante horas, las fiestas que duran todo el día, los velorios que se extienden una semana entera. “En Estados Unidos todo es ruido, apuro y plata, y todo se trata de las apariencias. Yo no conocía a mis vecinos”, reflexiona. “Acá conozco a cada persona de cada casa”.
La segunda presidencia de Donald Trump —durante la cual agentes de seguridad e inmigración, hasta ahora, mataron a nueve personas en el marco de una campaña masiva de detención de migrantes irregulares— no hizo más que reafirmar su decisión.
“No nos dábamos cuenta de cuánto vivíamos en un estado policial”, dice Simpson, exfuncionaria municipal de Gold Hill, un pueblo de 1.335 habitantes en el condado de Jackson, Oregón. “Por eso vinimos a Paraguay: por la libertad, por la paz y la tranquilidad, para que nos dejen vivir... Cada mañana me despierto y pienso: qué paraíso”.

Un récord de solicitudes de residencia
La pareja forma parte de la mayor ola migratoria de la historia paraguaya moderna. Solo en 2025, un número récord de 47.687 personas solicitaron residencia: un 63 % más que el año anterior.
En las redes sociales, una creciente legión de influencers extranjeros —muchas veces amplificados por cuentas afines al gobierno— elogian la cultura del asado, la relativa seguridad de las calles y los valores familiares tradicionales del país. Y en una mañana reciente, la Dirección Nacional de Migraciones (DNM), en el centro de Asunción, era un hervidero de idiomas extranjeros y gestores paraguayos cargados de carpetas repletas de documentos.
De los 40.600 extranjeros que obtuvieron residencia el año pasado, 24.526 eran brasileños, muchos de ellos estudiantes. Los argentinos, con 4.366 solicitudes aprobadas, quedaron en un lejano segundo lugar. Y la tendencia no muestra señales de desaceleración: las solicitudes exitosas crecieron un 85 % entre enero y marzo en comparación con el mismo período de 2025, lo que pondría a Paraguay en camino de recibir casi 90.000 inmigrantes en 2026.
En su despacho del piso de arriba, el escritorio de Jorge Kronawetter, director de la institución, aparece casi oculto debajo de pilas de expedientes. “Estamos trabajando al límite”, reconoce Kronawetter, quien debe revisar y firmar personalmente alrededor de 150 solicitudes al día para cumplir con un plazo objetivo de 40 días.
El presidente Santiago Peña ha hecho de la atracción de extranjeros adinerados una prioridad de su gobierno. En abril, su administración anunció un nuevo Investor Pass que ofrece residencia permanente acelerada a quienes inviertan 150.000 dólares en el sector turístico paraguayo, o 200.000 en bienes raíces o en la bolsa de valores local.
Y en un mundo cada vez más convulsionado, muchos ven en la economía del Paraguay, en rápida expansión, el bajo costo de vida y la tasa impositiva fija del 10 % —que cae al 0 % para los ingresos generados en el exterior— un refugio seguro para su dinero. “El capital siempre busca donde más le puede rendir beneficios”, explica Kronawetter, con una sonrisa.
Entre los principales países de origen del año pasado figuraron también Alemania (1.652), Bolivia (1.357), España (1.023) y Venezuela (847). Cientos de personas más solicitaron desde Países Bajos, Estados Unidos, Rusia y Francia. “Son números que no se daban en años anteriores”, dice el director, descendiente de abuelos austríacos y armenios que llegaron al Paraguay tras la Primera Guerra Mundial.




Para hacer frente a la marea de solicitudes, la DNM planea lanzar en junio un portal en línea que permitirá a los extranjeros solicitar la residencia temporaria desde su país de origen y, al menos en teoría, obtener la aprobación en 15 días. La reforma, según Kronawetter, apuntará también a desplazar a las agencias que ofrecen atajos “engañosos” hacia la residencia por miles de dólares: “Muchos no están de acuerdo, pero lo vamos a hacer.”
Más allá de los beneficios fiscales y la simplificación de trámites, Kronawetter destaca que Paraguay tiene un as en la manga: su gente. “Acá el extranjero se siente bien… no hay discriminación, xenofobia ni racismo. Te vas al campo y te van a recibir mejor que en la ciudad, y la gente que menos tiene va a compartir más contigo las cosas”.
Sin embargo, esta bienvenida cálida no es universal. Los ciudadanos de China, India y casi toda Asia y África deben tramitar una visa —con carta de invitación de un residente o empresa local— antes de poder ingresar al país y solicitar la residencia.
Hay, además, una paradoja que nadie puede ignorar. Mientras jubilados europeos, nómadas digitales norteamericanos e inversores sudamericanos se vuelcan hacia Paraguay, muchos ciudadanos paraguayos están armando las valijas. Según datos de la ONU, casi un millón de paraguayos —cerca del 15 % de la población— vive en el exterior.
Y en el país, una reacción anti-extranjeros va cobrando fuerza en las redes, donde críticos acusan a los recién llegados de inflar los precios, tratar con superioridad a los locales y protagonizar un “turismo sexual organizado”.
Para entender por qué tantos extranjeros eligen Paraguay —y por qué tantos paraguayos se van— The Paraguay Post recorrió la Región Oriental del país de punta a punta. Visitamos una ordenada cooperativa japonesa, un pueblo agroindustrial de brasileños y una polémica colonia fundada por austríacos antivacunas de extrema derecha. También hablamos con paraguayos que llevan décadas viviendo en el exterior, y con otros que ya están preparando el equipaje.
Una pregunta afloró una y otra vez: ¿Es Paraguay realmente un paraíso? ¿O eso depende de quién eres y de dónde vienes?
¿Un país de oportunidades?

Para muchos migrantes, Paraguay es un lugar de posibilidades: un territorio donde los soñadores pueden concretar grandes proyectos y los golpeados por la vida pueden reinventarse.
Yexis Guzmán, herrеra de oficio criada en la costa caribeña de Venezuela, llegó a Paraguay hace cinco años. Harta de la discriminación que sufrió como refugiada en Perú, cruzó el Lago Titicaca en una lancha de contrabandistas, cocinó para camioneros para juntar el dinero de un test de Covid en la frontera boliviana y atravesó el Chaco a pie y a dedo bajo el sol implacable.
“El viaje para mí fue fatal”, dice Guzmán, de 40 años, de palabra directa y sin titubeos, una de los al menos siete millones de personas que huyeron del derrumbe económico venezolano en los últimos años.
Al principio, Paraguay tampoco fue fácil. Consiguió trabajo como encargada de cocina en un hotel de Asunción, pero la hacían trabajar de seis de la mañana a once de la noche, durmiendo en una piecita detrás de la recepción. El dueño le retuvo el celular, los documentos —que hasta hoy no le devolvió— y le amenazó con una demanda cuando renunció al tercer mes.
“Fue lo peor por el trato, el abuso y la explotación”, recuerda Guzmán.
Empezó vendiendo hallacas —tamales venezolanos— en la ciudad de San Lorenzo, para mandar dinero a sus hijos en Venezuela. En unos años juntó lo suficiente para que su hijo mayor, Kevin, entonces de 16 años, hiciera el largo viaje en ómnibus hasta Paraguay.
En el patio de su casita en Capiatá, bajo la sombra fresca de dos enormes árboles de mango, fundaron juntos Gastronomía Porteña, un restaurante de comidas típicas de los puertos de Venezuela que reúne a migrantes venezolanos, colombianos, argentinos, cubanos y ecuatorianos. “Agradecida con mi abuela que me enseñó a cocinar y con mis tías que me enseñaron muchos platillos”, dice Guzmán. Recuerda cómo un cliente venezolano rompió a llorar al probar su torta de jojoto —un postre de maíz típico— por primera vez en más de veinticinco años.
Guzmán también es fundadora de una organización, Qué Chévere, que asesora a venezolanos en sus documentaciones y organiza ferias gastronómicas y de artesanía en las plazas de Asunción.
A pesar del comienzo accidentado, Paraguay les dio algo de estabilidad y libertad. Mientras un familiar en Venezuela fue encarcelado y torturado por publicar un meme sobre Maduro, Kevin —boxeador aficionado que atiende mesas en el restaurante— crea contenido humorístico en Instagram y TikTok.




Según Latinobarómetro, una encuesta de opinión a nivel regional, Paraguay es uno de los países más acogedores de América Latina para los inmigrantes. El 73 % de la población cree que la migración impulsa el desarrollo económico, frente a un promedio regional del 57 %.
Sin embargo, Guzmán critica la decisión del presidente Peña de cerrar las fronteras a los venezolanos sin visa tras el secuestro de Maduro por parte de fuerzas especiales estadounidenses en enero, una medida que, dice, ha separado familias. “Ojalá que este presidente de aquí y esta presidenta Rodríguez puedan abrir la embajada en Paraguay. Porque hay muchísimas mujeres aquí que tienen sus hijos en Venezuela y querían traerlos este año y no pueden ahora por esta situación”, lamenta. Y aunque lleva una vida construida en Paraguay, confiesa que el deseo de volver nunca se apaga: “Me hace falta mi casa”.
Otros migrantes han encontrado nichos de negocio inexplorados más allá de la cocina.
“Necesitaba salir”, dice Verónica Vega, que llegó a Paraguay hace 15 años, con dos hijos pequeños y cincuenta dólares en el bolsillo, tras la ruptura de una relación. “Fue casi un salto suicida”.
Empezó vendiendo en la calle atrapasueños confeccionados con ñanduti. Hoy gestiona un negocio de cristales, corales y colgantes de amatista con 100.000 seguidores entre Facebook y TikTok.
Tras años de inviernos largos y trabajo escaso en su Uruguay natal, ahora camina descalza por la calle. Compró una vivienda, tuvo otro hijo y montó un showroom para su colección de minerales.
“En Uruguay, la torta ya está cortada”, explica Vega, de 44 años. “En Paraguay, todo está por hacer. Es un país con muchas oportunidades, de gente amable y corazón abierto.”

Las piedras que Vega recoge en los cerros del departamento de Cordillera —y que a veces regala a sus clientes— son, a su manera, otra mercancía codiciada.
“Paraguay es el corazón de Sudamérica. Es un país energéticamente muy especial”, agrega. “Yo no solo vendo piedras, yo creo en su poder para sanar, ya que me ayudaron mucho a mí”.
Muchos de sus compatriotas han encontrado oportunidades de otro tipo. Según recientes declaraciones del ministro de Industria y Comercio Marco Riquelme, los uruguayos son hoy el grupo extranjero que más tierra posee en Paraguay: unas 3 millones de hectáreas dedicadas principalmente a la soja, la ganadería y la industria forestal.
Otros inmigrantes recientes ven en los bajos costos de Paraguay —y en su escena cultural emergente— la oportunidad de cumplir sus ambiciones y dejar huella.
Euan Richard, físico y guitarrista escocés de 38 años oriundo de Edimburgo, visitó Asunción como turista en 2021 tras haber vivido en Tokio y Ámsterdam. Al conocer a músicos locales de gran talento, muchos de ellos autodidactas formados en YouTube, decidió concretar un sueño largamente postergado: abrir su propio bar de jazz.
“Dije, screw it“, recuerda Richard. “¿Por qué no hacerlo acá y darles a los chicos un lugar donde tocar?”

En los dos años siguientes, calcula que JazzCube —un elegante espacio en el exclusivo barrio capitalino de Villa Morra— albergó 500 conciertos en vivo con músicos paraguayos e internacionales.
Hubo momentos arriba del escenario, dice Richard, en que “todo encajaba: músicos compartiendo ideas, improvisando, manteniendo una verdadera conversación artística. Eso no estaba pasando en muchos otros lugares”.
En los Países Bajos habría sido demasiado caro y habría requerido permisos complicados. “Acá, simplemente vacié mi cuenta de ahorros y me lancé”.
Richard y sus socios vendieron el negocio a regañadientes en enero de 2024, sin haber logrado que fuera rentable. Actualmente dicta clases en la UNA, la principal universidad pública del país, por una retribución honoraria de 10.000 guaraníes —un dólar y medio— la hora. También es coautor del primer paper académico paraguayo sobre muones, un tipo de partícula subatómica.
Y Richard sigue tocando por la ciudad y grabando música con amigos de la época del JazzCube. “Mirando hacia atrás”, reflexiona, “estoy muy orgulloso de lo que hicimos”.
La tierra prometida

A unas seis horas de Asunción en auto, el polo agroindustrial de Santa Rita se asienta sobre la fértil tierra colorada del este paraguayo. Pero el océano de soja que rodea la ciudad, las churrasquerías que suenan a sertanejo y los carteles en portugués que publicitan tractores, agroquímicos y semillas transgénicas hacen que parezca Brasil.
Ignacio Schorr, de 78 años, fue uno de los miles de colonos brasileños —muchos de ascendencia alemana— que se asentaron en el este paraguayo hace cincuenta años por invitación del régimen de Alfredo Stroessner. Recuerda haber talado árboles colosales de siglos de antigüedad y haber vivido en un galpón junto al ganado.
Hoy, Schorr tiene una casa rodeada de cerca eléctrica, dos camionetas estacionadas en su entrada, siete hijos adultos y mil kilómetros cuadrados de soja a su nombre. Unos 263.000 brasileños vivían en Paraguay en 2023, una cifra que creció casi un 10 % solo el año pasado. Pero Schorr, de piel curtida por el sol y poco español, mira a los recién llegados con desdén.
“Eles ja estão tudo tranquilo,” comenta. “ja está tudo pronto” (ellos ya están tranquilos, está todo listo).
A pocas cuadras, la abogada de origen brasileño, Kelly Thomaze, está ampliando su equipo de secretarias uniformadas de rosa —y experimentando con chatbots de inteligencia artificial— para atender una lista de espera de más de cien empresarios brasileños que quieren radicarse en Paraguay.
“Veo una desesperación”, dice Thomaze, cuyos reels de Instagram elogiando los bajos impuestos, los pocos feriados y el magro sistema de protección social paraguayo suelen volverse virales. “Vienen detrás de la sobrevivencia misma”.

Muchos de los clientes de su consultora, que huyen de las recientes subas impositivas a los sectores más ricos en Brasil, están instalando fábricas textiles de maquila en la cercana Ciudad del Este. Allí obtienen exenciones impositivas, energía hidroeléctrica barata —y trabajadores dóciles, de los cuales prácticamente ninguno está sindicalizado.
“Las cargas laborales son mucho más bajas” en Paraguay, explica Thomaze. “Prácticamente podemos decir que no tenemos demandas legales.”
Otros temen que Brasil esté deslizándose hacia una dictadura comunista y pro-LGBT bajo el longevo presidente de izquierda Luiz Inácio Lula da Silva, exlíder sindical. El año pasado, el expresidente derechista Jair Bolsonaro fue condenado a 27 años de prisión por conspirar para anular las elecciones de 2022 que perdió frente a Lula. Los jueces federales han bloqueado decenas de cuentas en redes sociales por apoyar el intento de golpe bolsonarista.
“No podés expresarte”, argumenta Thomaze, quien se mudó a Paraguay con su familia a los cinco años. “Es casi peligroso.”
Su país adoptivo, en cambio, pasó de ser una “curiosidad” a una tierra prometida: “Acá en Paraguay somos 100 % de derecha. Esa cuestión de géneros, acá en Paraguay ni siquiera se abre discusión sobre eso. Se defiende la familia. En Brasil, hay una confusión”.
Y Paraguay es más seguro, agrega. “Mi auto afuera no está llaveado”.
En busca de una segunda opinión, el Post se acerca a varios lugareños, pero la mayoría se cierra en banda cuando les preguntamos por sus vecinos y jefes brasileños.
Nos encontramos con Arturo Flecha puliendo la vereda frente a la casa de Schorr hasta dejarlo reluciente, listo para ser repintado. Tiene un pie roto, así que trabaja sentado sobre el pavimento ardiente bajo el sol. Dice que los brasileños pagan hasta 130.000 guaraníes —unos 20 dólares— por día, frente a los 100.000 que se consiguen en Asunción, con comida y alojamiento incluidos.
“Creo que eso era territorio brasileño, ¿no?”, pregunta Flecha, un joven de 20 años con buen humor. “Pero ahora sí. Me da igual; la gente son muy buena. Dan trabajo”.
“Casi de todo sé hacer”, agrega. “Hay que comer”.
Llamamos a Tomás Zayas, histórico dirigente campesino del departamento de Alto Paraná, quien dice que todos sus compañeros de Santa Rita fueron desalojados para dar paso al agronegocio.
“El problema no es que vengan los brasileños”, subraya. “El problema es el modelo”.
Zayas —cuya vivienda fue atacada por desconocidos armados en 2013— acusa a los sojeros extranjeros de expulsar a los agricultores paraguayos pobres, maltratar a los trabajadores locales, acaparar riqueza y contaminar el medioambiente. Dice que un análisis de laboratorio encontró agroquímicos en su sangre.
“Se va creando una nación dentro de nuestra nación”, advierte Zayas. “Yo creo que esto es una bomba de tiempo y que en algún momento se va a explotar”.




Desde 1537, apenas unos pocos cientos de españoles remaron por el Río de la Plata para someter y mezclarse con los pueblos guaraníes del Paraguay. La provincia se mantuvo pobre y remota durante siglos.
Sin embargo, ese aislamiento relativo solo avivó las fantasías de los extranjeros sobre Paraguay como una utopía subtropical, cuenta al Paraguay Post el historiador Claudio Fuentes Armadans.
“Con la independencia esa fascinación por Paraguay se va a profundizar”, agrega Armadans, durante el gobierno del dictador posindependentista Dr. Francia (1816-1840), quien hizo prácticamente imposible que los extranjeros entraran — o salieran.
La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) — en la que enfermedades, hambruna e invasores de Brasil, Argentina y Uruguay diezmaron la mayor parte de la población masculina — consolidó el lugar común de un Paraguay como “paraíso sexual” donde las mujeres superaban en número a los hombres.
Sin embargo, mientras los puertos y fábricas sudamericanos absorbían millones de italianos, irlandeses, polacos y levantinos desde la década de 1850 en adelante, Paraguay — despoblado, crónicamente inestable y con un clima agobiante — no logró atraer inmigración masiva.
En cambio, fue escenario de varios proyectos de colonización fracasados.
En 1872, casi 900 “agricultores de Lincolnshire” fueron traídos desde Gran Bretaña al Paraguay oriental. Todo era parte de una elaborada estafa financiera: en realidad, la mayoría eran mendigos de Londres y tuvieron que ser rescatados de hambrunas y enfermedades.
Una colonia de vegetarianos antisemitas llamada Nueva Germania, que pretendía demostrar la superioridad de la raza alemana, terminó en la quiebra y el suicidio de su fundador en 1889.
Unos años después, un grupo de australianos pobres y abstemios fundó Nueva Londres como una utopía blanca, “fuerte, recta y viril”, donde “cada hombre será un compañero”. Pero su colonia comunista no tardó en desgarrarse por culpa de las mujeres del lugar, el ron y las peleas de liderazgo.
A partir de 1926, colonos menonitas provenientes de Canadá y Rusia transformaron el Chaco paraguayo en una potencia ganadera, marginaron a sus pueblos originarios y arrasaron con desmontes visibles desde el espacio.
Hasta hoy, sostiene Armadans, muchos extranjeros ven al Paraguay como un lugar donde cuestiones como los impuestos, las leyes, la monogamia y las vacunas son optativas: “Hay cierta migración que eso lo ve con buenos ojos”.
Pero muchas comunidades inmigrantes en Paraguay se han esforzado por integrarse — y han hecho contribuciones importantes culturales, a la salud pública y hasta al bienestar espiritual de la población.

Los padres de Catalino Yozo Hirano se ganaban la vida a duras penas en un pueblo en las montañas de la isla japonesa de Shikoku, en la posguerra, cuando se enteraron de que el régimen de Stroessner estaba repartiendo tierras. Se embarcaron rumbo al Paraguay, un viaje de casi cuatro meses en barco, y se convirtieron en algunos de los primeros pobladores de la Colonia Yguazú, fundada en 1961.
Los colonos cultivaron tomates y sandías, y plantaron cerezos a lo largo de amplias avenidas pensadas para 2.000 familias. El príncipe Akihito, futuro emperador, visitó la colonia en 1978.
Pero llegaron menos de 400 familias. Los mercados quedaban demasiado lejos, los colonos brasileños los superaban en la agricultura mecanizada, y la rápida industrialización del Japón de los años 70 hizo que un Paraguay lejano resultara cada vez menos atractivo.
Sesenta años después, Colonia Yguazú es una comunidad próspera y tranquila que junta sus modestos recursos para sostener una escuela — abierta a todos — que promueve la lengua y la cultura japonesas, además de un hospital con médicos y enfermeras de la madre patria donde los pobladores locales reciben atención con descuento.
“El ochenta y cinco por ciento de los pacientes son paraguayos”, dice Hirano, de 65 años, secretario de la Asociación Japonesa de Yguazú. “Mantenemos el sanatorio aunque estamos en déficit de 100.000 dólares al año”.
No es puro altruismo, admite. Hoy, menos del diez por ciento de los 12.000 habitantes de la colonia son de origen japonés.
“Somos una minoría”, explica Hirano, casado con una paraguaya de ascendencia local y con hijos. “Nuestro objetivo es la convivencia con los paraguayos. Nací aquí, soy paraguayo, pero me ven como extranjero”.
De joven, Hirano volvió a la tierra de sus padres durante seis años. Encontró trabajo en una línea de ensamblaje de autos, pero el ritmo de vida le resultó demasiado agitado, “una disputa contra el tiempo”. En Paraguay, piensa, uno puede “disfrutar de las horas”.




La cercana Ciudad del Este alberga a varios miles de personas de China y Taiwán: en su mayoría migrantes y sus descendientes que llegaron a este enclave fronterizo libre de impuestos en los años 80 en busca de fortuna.
Algunos volcaron sus ganancias en la construcción de un ornamentado templo de estilo pagoda que se eleva cuatro pisos en medio de los shoppings del centro.
“Nuestro budismo es muy inclusivo”, dice su secretaria, Sonia Karnani, mientras recorre el lugar con el Post. Más que una fe estricta, “la gente lo toma como una doctrina de vida, de ser consciente de uno mismo”.

La fundación Fo Guang Shan financia un hospital gratuito de maternidad, custodiado por estatuas de la Virgen María y de Buda. El templo también organiza eventos interculturales, clases de percusión, exposiciones y talleres de mindfulness.
El lugar transmite una serenidad que contrasta de manera improbable con los bulliciosos pasajes de Ciudad del Este, capital del comercio y el contrabando en el Paraguay: carpas nadando en un estanque, linternas de papel mecidas por la brisa.
Pero la mayoría de los asistentes a sus retiros de meditación silenciosa son paraguayos, dice Karnani, quien nació en el Paraguay y tiene, según ella misma, “alma guaraní”.
“Creo que está ayudando a la gente”, agrega Karnani, una joven de 38 años de rostro fresco que también enseña mandarín. “Por eso vuelven”.




Un éxodo silencioso
Las oportunidades de ascender no están al alcance de todos en Paraguay. Y donde algunos encuentran una especie de zen en la vida tranquila, otros ven un callejón sin salida.
Al terminar el secundario en el interior del país, Evaristo Romero Troche cambió el techo de paja de la casa familiar por la jungla urbana de Brasil, con la esperanza de juntar suficiente plata para volver a Paraguay y estudiar ingeniería agronómica. No volvería hasta 17 años después.
Hoy, a sus 42 años, Romero vive con su esposa, su hija y su mamá en Costa Rosada, en las afueras de Caaguazú. Tomando tereré a la sombra y con una remera del Club Flamengo, recuerda su tiempo en São Paulo — una megalópolis de 20 millones de habitantes — en una mezcla de español, portugués y guaraní.
Romero entró a una vasta industria textil semiinformal donde los trabajadores migrantes viven y trabajan en los mismos espacios atestados, divididos por los patrones — muchas veces peruanos, bolivianos y paraguayos — en piecitas colectivas separadas con terciadas o telas.
Muchos talleres operaban en negro, pagando en efectivo. La paga variaba: por día, por mes o por producción. Romero eligió esta última, trabajando a full para ganar — junto a tres compañeros — hasta 1.000 reales (200 dólares) al día.

Pero las condiciones a veces se sentían como una explotación. Las jornadas iban de las 7 de la mañana a las 9 de la noche. La comida y el alojamiento estaban incluidos, pero los descansos garantizados y las licencias pagas, no. Romero vio niños paraguayos de apenas 10 años que habían dejado los estudios y viajado con sus familias para trabajar en las oficinas de costura.
Una investigación de Reporter Brasil de 2024 documentó cómo las autoridades brasileñas rescataron a 192 paraguayos de condiciones análogas a la esclavitud en fábricas de cigarrillos, estancias y talleres textiles entre 2010 y 2023. El informe registró casos de madres que amamantaban a sus hijos en las máquinas de coser, sin ninguna posibilidad de acceder a una licencia por maternidad.
Conseguir trabajos así de precarios es muy sencillo. El Paraguay Post buscó “costurero Paraguay” en Facebook y encontró cientos de publicaciones. Le escribimos a un número de WhatsApp y hablamos con la dueña de una oficina que nos prometió trabajo — pero sin residencia, sin alimentación ni contrato formal.
La vida en São Paulo no fue todo un sufrimiento. Los migrantes paraguayos se reunían los fines de semana para hacer asado y jugar al fútbol. En 2014, cuando Paraguay no clasificó al Mundial, Romero y sus compañeros de oficina vistieron la albirroja para participar en un torneo de residentes extranjeros que terminó con Bolivia alzando la copa.
En diciembre de 2025, datos oficiales registraron más de 56.000 paraguayos residentes en Brasil. Romero está orgulloso de su tiempo en São Paulo, donde, con el tiempo, abrió su propio taller y mandó a buscar a su familia. Cada semana le giraba plata a su mamá para que construyera una casa de ladrillos.
Esas remesas son un salvavidas para la economía paraguaya. En 2025, los migrantes enviaron un récord de 1.350 millones de dólares: la tercera fuente de divisas del país, detrás de la carne vacuna (2.170 millones) y la soja (2.650 millones). Incluso supera con creces los ingresos de las dos represas hidroeléctricas binacionales (Itaipú y Yacyretá) que en 2025 fueron de 455 millones de dólares.
Aun así, la nostalgia de Romero fue creciendo con los años. Hubiera preferido quedarse si hubiera tenido trabajo estable.
“Che ndaipotái la che ahasa´akue ha´e ohasá“, dice en guaraní, refiriéndose a su hija, que hoy estudia enfermería en una universidad privada de Caaguazú. No quiere que ella pase por lo que él pasó.
Mientras tanto, el silencioso éxodo de familias paraguayas continúa.
Son las semanas que siguen a la Navidad, y el barrio está quieto: muy lejos de su infancia, cuando cada tarde había partidos de piki vóley en la cancha. La casita de madera de enfrente está trancada con candado: los vecinos también migraron.
“Todo el mundo se fue a trabajar a Chile, Argentina y España”, dice Romero.


La salida masiva de mujeres jóvenes para trabajar como niñeras, limpiadoras y cuidadoras en el exterior ha contribuido a que la tasa de natalidad paraguaya casi se haya reducido a la mitad desde 1990.
En parte como reflejo de la emigración masiva y la caída de la fecundidad, el censo de 2022 arrojó que apenas 6,1 millones de personas viven en el Paraguay: muy por debajo de las estimaciones anteriores de 7,5 millones.
Pero a medida que la economía paraguaya crece — el PIB del país se expandió casi un 7 por ciento en 2025 — y los gobiernos extranjeros convierten a los migrantes en chivos expiatorios, algunos están empezando a volver.
En 2005, Vilma Lucila Núñez dejó su Asunción natal y a sus dos hijos pequeños para trabajar como mucama, cama adentro en Daireaux, un pueblo del interior bonaerense a unos 400 kilómetros de la capital. “En busca de trabajo me fui a Argentina”, recuerda. “Era la opción que había en ese momento”.
Se levantaba a las 5 de la mañana todos los días para preparar el desayuno a los patrones, y no paraba hasta las 11 de la noche. “Cocinaba, limpiaba, era niñera, todo”, recuerda Núñez, hoy de 49 años, que enuncia cada frase con una sonrisa. Ganaba entre 700 y 1.000 pesos argentinos al mes (300 dólares), y cada vez que podía enviaba algo a sus hijos.
Unos años después se casó con un argentino, obtuvo la residencia permanente y juntaron sus familias, los dos hijos de ella más los cuatro de su pareja. Con su marido pusieron una empresa de jardinería. Para mantener vivo el recuerdo del hogar, cada mañana prepara su tereré y cocina platos paraguayos tradicionales — soyo, vori vori, chipa, sopa paraguaya y chipa guazú — para su familia multinacional.

Los paraguayos son la principal población migrante de Argentina: más de 522.000 residentes según el censo de 2022 de ese país, y 722,000 según el Instituto Nacional de Estadística de Paraguay.
Pero el presidente conservador Javier Milei expulsó a unos 5.000 extranjeros solo entre diciembre y enero, prometiendo acabar con el “caos y el abuso” que supuestamente traen los migrantes y “hacer grande a la Argentina otra vez”.
Otras reformas recientes de Milei implican que quienes no tienen residencia permanente ya no pueden acceder a la salud pública, fuera de caso de emergencia, sin pagar. Los extranjeros que tienen hijos en Argentina o se casan con argentinos ya no obtienen automáticamente el derecho a quedarse: ahora deben demostrar solvencia económica y antecedentes penales limpios.
Esto deja afuera a los trabajadores informales que quieran regularizar su situación, dice Gabriela Liguori, directora ejecutiva de CAREF, una ONG local que apoya a migrantes y refugiados. “Los cambios que está viviendo la Argentina son expulsivos, especialmente para quienes tienen menos recursos”, agrega.
La ofensiva en Argentina se hace eco de la expulsión por parte de Donald Trump de 230.000 residentes nacidos en el extranjero desde Estados Unidos en 2025, a los que se suman 250.000 detenidos en la frontera y deportados.
Kronawetter, director de migraciones del Paraguay, dice que la mayoría de los 20 paraguayos deportados en el primer año del regreso de Trump al poder eran llegados recientes y no residentes de larga data, y que fueron deportados en vuelos comerciales — un contraste con los deportados esposados enviados a El Salvador, Brasil y otros países.
Señala datos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) que muestran que 33 paraguayos fueron deportados en 2024, el último año de la administración Biden. En los cinco años anteriores, el promedio era de nueve. “Trump deportó mucho menos”, agrega Kronawetter.
Cree que este trato supuestamente más indulgente del Departamento de Seguridad Nacional podría reflejar la relación cada vez más estrecha entre las administraciones de Peña y Trump.
En abril, Paraguay recibió el primer grupo de migrantes indocumentados de terceros países expulsados por Estados Unidos. Tras un acuerdo firmado en febrero que no fue publicado, está previsto que lleguen otros 25 al mes al Paraguay, donde un organismo de la ONU los ayudará a regresar a sus países de origen.
Pero más que el clima hostil en Argentina, lo que tiene harta a Núñez es la economía disparatada del país, su inflación de montaña rusa y el costo de vida aplastante.
En marzo viajó al Paraguay a visitar familiares y planificar su regreso definitivo en diciembre. El plan es emprender de nuevo y cultivar árboles frutales en el campo con su familia.
“No hay futuro” en Argentina, se queja Núñez. “Es como que estuviéramos estancados allá y no podamos progresar”.
Es otra historia en España, la economía grande de mayor crecimiento en la UE, y hogar de una comunidad en rápida expansión de al menos 162.000 migrantes paraguayos.
En abril, el primer ministro socialista Pedro Sánchez abrió de un plumazo un camino hacia la residencia legal para medio millón de trabajadores indocumentados.
Sánchez describió su decreto de regularización como “un acto de justicia y una necesidad”, y elogió a los extranjeros por sostener la economía, mantener los servicios públicos y contribuir a construir una España “rica, abierta y diversa.”
Alguien que podría aprovechar estas políticas es Marino Cabrera.

Cabrera, de 53 años, lleva 25 años atendiendo un puesto de frutas al borde de la vereda bajo un árbol de mango en Las Mercedes. Ha visto cómo este histórico barrio asunceno fue cediendo terreno a las cafeterías, los deliverys venezolanos y los AirBnbs.
En un buen día puede ganar 300.000 guaraníes. Pero una vez que carga su camioneta con mercadería del Mercado de Abasto y paga el combustible, queda poco. A pesar de haber pasado diez años en el ejército — entró como cadete a los 15 — tiene pocos ahorros y ningún seguro médico.
“En este país está prohibido enfermarse”, se ríe Cabrera. “Difícil las cosas en este país para la gente común. Sale mucho la gente.”
El año pasado, él también se fue: pasó siete meses en Madrid trabajando en turnos de 18 horas en la refacción de una torre de edificios, ganando hasta 180 euros al día. “Las ingenieras son dominicanas”, recuerda. “Después, somos todos paraguayos”.
Se sintió a gusto en España, pero extrañaba a su familia. “Si fuera por mí, no vendría más luego”, reflexiona Cabrera, mientras pasa una bolsa de piñas y bananas por la ventanilla de un auto. Espera volver pronto para otro trabajo en construcción.
Hay mucha gente en Paraguay con ganas de trabajar, dice Cabrera, “pero no consigue”. Su hija se recibió de psicóloga hace tres años y todavía está desempleada. Mientras tanto, él observa, “los extranjeros que vienen acá no quieren ir más. Viven de maravilla”.
Unas semanas después, el Post pasa a fotografiar a Cabrera, pero su puesto de frutas y verduras ya no está. Pasa un mes, y la esquina sigue vacía.
El paraíso verde
El Paraíso Verde fue planificado para hasta 20.000 residentes. Hoy viven allí alrededor de 200. Video: Matteo Fabi para The Paraguay Post.
A pesar del creciente interés por el país como destino de ensueño, algunos se han quejado de que el Paraguay no es todo lo que les prometieron.
En el departamento sureño de Caazapá, por un camino de barro a treinta minutos del pueblo más cercano, un proyecto inmobiliario con forma de caracol va emergiendo lentamente de un pantanal.
El Paraíso Verde (EPV) fue fundado en 2016 por los ciudadanos austríacos Erwin y Sylvia Annau como una comunidad privada de “espiritualidad” para personas con visiones disidentes del mundo.
En su sitio web, Annau se describe como un buscador serial de la libertad que ha explorado “intensivamente” 16 religiones y filosofías — entre ellas la Cienciología, a la que hoy llama una “secta”.
La libertad, sin embargo, tiene sus límites en El Paraíso Verde. Las personas LGBT no son bienvenidas. Tampoco los vacunados.
El interés en la colonia heterodoxa se disparó durante la pandemia, cuando los materiales en línea de la pareja alentaban a otros colonos europeos a huir de la “matrix” de los confinamientos, las vacunas contra el covid-19, las chemtrails (estelas químicas), el 5G y la inmigración proveniente de países de mayoría musulmana.
“Europa se fue a mierda”, dice Peter Brandt, un exvendedor de electrodomésticos alemán de 56 años con la cabeza bronceada por el sol, que muestra las instalaciones a The Paraguay Post.
“Somos la comunidad de no vacunados más grande del mundo”, agrega. “Se puede vivir acá si uno acepta las reglas, como nada de químicos.”

Un folleto en el alojamiento para visitantes lista entre los principios de la comunidad el respeto, la solidaridad y la libertad, además de “la prevención y aclaración de rumores.” Los residentes se ofrecen mutuamente Reiki y sanación Theta, tratamiento electromagnético, servicios de impresión 3D y un club de tiro.
Afuera, niños rubios con flotadores chapotean en un lago artificial. En un contenedor reconvertido, un alegre bávaro de cola de caballo llamado Stephan prepara panecillos, café y tortas de ciruela para visitantes, residentes y trabajadores locales.
La pregunta de por qué decidió mudarse a Paraguay lo toma desprevenido, como si nunca se hubiera cuestionado el motivo.
“No sé”, responde. “Hay que preguntarle a Erwin. Creo que Paraguay es muy fácil para venir acá”.
Exsoldados paraguayos armados con pistolas y escopetas hacen guardia en las entradas y en un portón que separa a la mayoría de los colonos de la residencia de los Annau y de la mayor parte de las instalaciones.
Brandt nos lleva a recorrer el sector residencial principal en su motocarro. Por ahora, viven acá entre 180 y 200 personas; la mayoría de los lotes están vacíos o a medio terminar.
Otros exhiben una mezcla ecléctica de estilos arquitectónicos: una cabaña de madera de dos pisos en venta por un millón de dólares, una construcción que parece una yurta mongola, una casa semienterrada con aire de madriguera de hobbit y varias villas de estilo colonial.
Una de las más lindas es la de Heinz Klötzner, un vivaz septuagenario que se mudó acá durante la pandemia junto a su esposa fallecida. Desde entonces creó un jardín lleno de mariposas con árboles de mamón, pomelo y naranja y una pileta natural donde nada todas las mañanas.

“Hace cinco años, acá no había nada”, dice Klötzner, mostrándole al Post una foto de un campo enmarañado. “No quiero volver a Europa. La vida allá es demasiado agitada.”
Al igual que varios otros colonos, Klötzner también creció en la Alemania Oriental comunista.
Esa experiencia significa que “podemos ver venir la próxima dictadura”, explica Brandt, que se sostiene con unos pocos cientos de dólares al mes gracias a una plataforma de trading de criptomonedas con inteligencia artificial.
Para algunos, este Edén paraguayo resultó ser, según se cuenta, un infierno legal y financiero. Exinversores y exresidentes han acusado a la empresa operadora de la colonia, Reljuv S.A., de estafarlos por decenas de millones de dólares.
Algunos compradores dicen que dejaron todo en Europa, invirtieron sus ahorros en propiedades en El Paraíso Verde — solo para llegar y encontrar que la construcción no había empezado y que los títulos de sus terrenos eran confusos o estaban en disputa.
A finales de 2025, el Ministerio Público paraguayo imputó a Erwin y Sylvia Annau —así como al expresidente de Reljuv, el empresario argentino y operador político local Juan Buker— por estafa, a partir de una investigación abierta por fraude inmobiliario a extranjeros en El Paraíso Verde.
En 2021, los tres fueron fotografiados junto al expresidente Horacio Cartes y el entonces precandidato a la presidencia Santiago Peña en una visita a El Paraíso Verde. Un año después, en octubre de 2022, los empresarios volvieron a aparecer abrazados a Cartes y Peña en un evento de campaña en Caazapá del que Buker fue anfitrión. De acuerdo con las denuncias contra EPV, el dinero de los inversionistas habría sido usado en la campaña electoral del actual presidente Peña.
Los Annau y Buker han negado cualquier irregularidad y se han culpado mutuamente por los problemas financieros, según medios locales. Hasta ahora, nadie ha sido condenado por la supuesta estafa millonaria de El Paraíso Verde.
Thomas Schulz —un exdirector de orquesta hosco y corpulento de Baden-Württemberg— se ha convertido en un improbable portavoz extraoficial de las supuestas víctimas.

En 2021 se mudó a Paraguay con su esposa y su hijo, que tiene TDAH, y, durante la pandemia, tuvo muchas dificultades con el uso obligatorio de máscara y el distanciamiento social en la escuela.
“Estaba en contra de todas esas órdenes estúpidas”, le dice Schulz al Paraguay Post en un restaurante del cercano pueblo de Caazapá. “No estoy en contra de todas las vacunas, solo de las vacunas genéticamente modificadas“.
La inmigración también fue un factor que lo empujó a irse. “No soy racista”, dice. “Tengo muchos amigos blancos, negros. Pero no se puede eliminar la raza blanca.”
Su familia se instaló en las frondosas sierras del Yvyturuzú. Schulz se convirtió en ganadero a pequeña escala, cambiando el frac y la corbata de moño por una camisa de franela gastada, unas crocs y tierra bajo las uñas. Su hijo, que ahora se educa en casa, habla guaraní con los amigos del barrio.
Se topó con los videos de El Paraíso Verde y se mantuvo lejos: “Vi cinco minutos y tuve suficiente.” Pero en los años siguientes fue conociendo a “30 o 40 personas” que lo habían perdido todo y tenían miedo de hablar.
El cowboy suabo se convirtió en su defensor de facto y varios de ellos —al irse del país— le transfirieron sus propiedades en El Paraíso Verde con la esperanza de que pudiera recuperar algo de lo invertido.
“No quiero enriquecerme con esto”, explica. “Si vendo algo, voy a usar el dinero para seguir peleando”.
Siente lástima por los residentes que quedan, dice que les han inculcado el miedo hacia los paraguayos comunes; llama a la colonia una “jaula” y a los Annau una “dictadura.”
“No quiero tener lo mismo que en Alemania”, explica, “un país dentro de un país. Si me mudo a un país, quiero ser parte de él. ¿Qué clase de vida es esa, si uno vive solo con miedo?”
A pesar de su disputa con la cúpula del lugar —agrega con un dejo de picardía—, El Paraíso Verde sigue siendo uno de sus mejores clientes, pagando precios prémium por su carne orgánica libre de vacunas y su abono.




En El Paraíso Verde, Brandt se queja de que los inversores “deprimidos” que perdieron plata están generando una negatividad innecesaria. “Eso quedó en el pasado”, dice.
En una entrevista publicada en YouTube el año pasado, los Annau describen una transición hacia un modelo de gobernanza democrático y declaran superada la “crisis de corrupción”, a la que culpan de socios locales que se aprovecharon de que ellos no hablaban español.
Erwin cierra prometiendo “hacer grande a El Paraíso Verde otra vez”.
“Vengan a ver con sus propios ojos”, les dice a los espectadores este asesor fiscal y sanador alternativo de cabello plateado. “Saquen sus propias conclusiones”.
Schulz, terminando una chuleta de cerdo con salsa extra en el copetín cercano, no está convencido de que la colonia —ahora dividida en dos entidades llamadas Pira Tava y Paraíso Homes— haya cambiado de verdad.
“Aunque una rata nazca en un establo, nunca va a ser un caballo de carrera”, concluye, antes de acomodar su cuerpo en su motocarro y perderse traqueteando por el camino.
¿Un hogar para siempre?

Algunos de los que llegan al Paraguay en busca del paraíso parecen haberlo encontrado. Para sus descendientes, en cambio, el pasto a veces se ve más verde del otro lado del cerco.
En Nueva Londres —hoy un pueblo tranquilo a unos 130 kilómetros al este de Asunción— apellidos como Kennedy, Smith y Murray son todo lo que queda del experimento socialista angloaustraliano.
Sirviendo una chipa avati que recuerda a los scones británicos y un vori-vori de carne en su jardín exuberante, Blanca McCreen, de 62 años, dice que desearía haber aprendido inglés.
“Mi abuelo hablaba perfectamente”, recuerda. Pero “ya perdimos todo eso”.
Para ella, Nueva Londres es un lugar muy tranquilo. “No hay delincuentes. Lo que más hace falta es trabajo. Los que pueden, salen”.
Su hijo Hector podría ser pronto uno de ellos. Trabaja como médico en la cercana ciudad de Coronel Oviedo, pero su carrera tiene un techo en Paraguay.

Los ascensos suelen ir a parar a los miembros del Partido Colorado, explica, que ha gobernado el Paraguay durante la mayor parte de los últimos 80 años.
“Veo gente que trabaja conmigo que no se movió un dedo, y eso molesta”, se queja Héctor, un joven de 29 años de voz tranquila.
Cuando le preguntan adónde iría en busca de mejores horizontes, es tajante: “Inglaterra, sin duda.” Él, que siente curiosidad por sus raíces, quiere estudiar en el Reino Unido o en Australia.
El clima lluvioso de Gran Bretaña, agrega con nostalgia —mientras el sol de la tarde pega fuerte— también le atrae: “Para mí, un día lluvioso es lo más”.
En Piribebuy, Simpson y Genaw reconocen que su país adoptivo no es perfecto.
Ella menciona la costumbre paraguaya de prender fuegos artificiales en cualquier ocasión y cómo algunos vecinos tiran basura en un arroyo cercano.
Pero cuando le preguntan si el Paraguay es su hogar para siempre, Simpson asiente con entusiasmo. “Sí, sí”, repite, pasando al español. “Para siempre”.




